Tu casa es tu galeria

Por Enric Pastor.

Compramos arte para rodearnos de belleza, por inversión o adicción, para que nos cuente cosas, nos golpee en el estómago, nos haga reflexionar o nos deleite la vista.

Aunque las motivaciones decorativas también son válidas (con el permiso y redención de galeristas y artistas), consumir arte no solo es buscar ese “óleo que combina con el sofá” ni “la escultura de bronce que va con el papel pintado”. Las obras tienen vida propia, palpitan en la casa como entes independientes y hay que enamorarse de ellas porque te comunican, te atrapan, porque dicen algo de ti que no sabías, o sí sabías y no se te ocurría mejor manera de contarlo. Si además es bella (subjetivamente, claro está), eres el dueño de una pequeña joya. O de muchas. Ya las colgarás, las apoyarás o las proyectarás (doy por hecho que también puede seducirte el vídeoarte), siempre encontrarán su sitio. Su presencia proporciona un placer similar al confort del sofá.

Hoy resulta difícil concebir sin obras de arte un buen interior. No son artículos de primera necesidad, su función es meramente emocional, y aunque existe la idea equivocada de que son un lujo caro, tampoco hay que dejar la cuenta en números rojos para empezar una pequeña colección. Cada cual según su presupuesto, se trata de encontrar esas piezas que hablen de ti y a ti.

Decía Charles Saatchi que uno se convierte oficialmente en coleccionista cuando compra algo que no encaja en la casa y hay que guardarlo en el trastero. Vigila las paredes: que no haya ni una libre indica que ya te alcanzó el dardo adictivo. Empezar en este mundo requiere algo de esfuerzo, conocimiento y valor. Los primeros para definir qué te gusta (algo a menudo muy cambiante si eres curioso) y el tercero para enfrentarte a algunos expertos y a un complejo idioma propio que no pone fácil el acceso a su sabiduría.

Pero lo más importante, dicen los coleccionistas, es aprender a ver: cuanto más arte miras, más arte te gusta. No pienses si puede ser una inversión, le quita la parte divertida.

Fíjate en la emoción, en ese algo (alegría, curiosidad, incluso extrañeza) que te queda horas después de haberte expuesto a la obra. ¿Es válido buscar que el arte funcione en el espacio doméstico? Totalmente, a no ser que tengas pensado amontonar tus compras en un almacén, a la manera de los grandes collectors, pretender que armonicen con tus muebles y objetos es, lejos de una trivialidad, algo a tener en cuenta. Los grandes interioristas, como Axel Verdvoordt o Luis Bustamante, lo integran con sabiduría y valentía. Entra a las galerías y acude a las ferias, pregunta, conversa, sobre todo no tengas miedo (pese a la fama de “solo para eruditos” que tiene el sector). Visitar una galería es tan placentero como ir al cine. Una vez en casa, las obras son como poemas escogidos que se quedan contigo para siempre. Empieza a planificar cómo montar la exposición en tu MoMA doméstico.

 

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